Objetivo: disfrutar
Reflexiones en la Sierra de los Difuntos.
El domingo pasado corrí en Mar del Plata Trail Run, en la Sierra de los Difuntos, una nueva experiencia con sensaciones variopintas. Acá algunas reflexiones de lo que me dejó la carrera.
Días previos a la competencia me llegó con certeza el título del próximo ensayo que iba a redactar corriendo en la sierra. “Objetivo: disfrutar”, listo.
Suena sencillo: andá y divertite. Se siente sinuoso: no sé ni cómo arrancar. ¿Cómo se consigue eso en ocasiones así? ¿Cómo disminuir la tensión y los nervios para dejarle lugar al disfrute?
En la línea de largada, las cartas están echadas y el entrenamiento finalizado. La tarea está lista y solo queda vivir lo que tanto anhelamos, pero ¿qué hacer con esa mochila repleta de expectativas, horas de preparación y esfuerzo dedicado?
Toda carrera (léase todo camino) es un mar de incógnitas y de factores que no podemos controlar. Las condiciones climáticas, nuestros cuerpos y ciclos, las situaciones de la carrera, por mencionar algunos, influyen y varían mucho. ¿Cómo invitar al disfrute a esa fiesta caótica?
El paso por Sierra de los Difuntos fue de lo más pintoresco: tuvo terrenos diversos, partes “técnicas”, tramos ásperos al rayo del sol y el combo de sensaciones que despierta ponerse un dorsal.
En competencias pasadas también me había propuesto el objetivo de disfrutarlas, y no resultó sencillo conseguirlo. En esta última carrera lo logré de una forma distinta, y la fórmula requirió menos ingredientes de los que pensaba. Ahí, en medio de ese caos, salió a relucir la cajita de herramientas y se pareció a un control con 3 botones:
Sintonizar la contemplación
Acá el planteo fue diferente al de otras veces: no sonó como una auto-imposición, no apareció en forma de soñaste tanto con este momento ¿y te estás quejando? Dale tenes que disfrutar. Esta vez configuré el destino “disfrutar” en mi mapa mental y confié en que iba a encontrar la forma de llegar ahí durante el mismo recorrido. Fue salir a buscarlo y ver qué pasa.
Googleando post carrera cómo se define disfrutar, encuentro que proviene del latín fructus “fruto” y de- (defrutare) “sacar el fruto de algo”. Ir recolectando frutos.
Algo que en esta oportunidad me conectó con eso a pesar de la exigencia física fue observar. Observé los relieves de las raíces del suelo, el brillo plateado de las hojas de los árboles moviéndose bajo el sol, el horizonte desde la cima de la sierra. Volví a mí cuando vi la belleza de una flor rosada en medio de una piedra, al ver dientes de león volando en el campo.
Observé con todos los sentidos: escuché el ruido de las hojas secas mientras las pisaba, sentí la aspereza de los árboles que agarraba para sostenerme en las bajadas, olí el frescor del bosquecito pomposo. Escuché los pensamientos y los dolores que iban surgiendo desde un lugar más observador y menos juzgador.
Cuando las sensaciones incómodas y pensamientos hostiles me alejaron de los sentidos y la técnica de observar ya no funcionó, dije en voz alta: dorado. Aunque no estaba pensando en agradecer, esa palabra invocó el destello que imagino cuando reboso de gratitud. Sin forzarlo, me llevó al terreno del agradecimiento. Y en esos momentos sí que hay muchísimo por agradecer, muchísimos frutos por recolectar.
Bajar el volumen de las exigencias
Cuando disfrutar se vuelve un mandato, un ítem más de la lista de cosas a cumplir, se desvirtúa. “Tengo que disfrutar” es quizás la fórmula perfecta para lograr el efecto opuesto al buscado.
Mientras andamos pueden llegarnos llamadas de “tengo que…” de lo más variadas: tengo que lograr esto, tengo que demostrar(me) aquello, tengo que poder con todo, tengo que parecer así, tengo que gestionar asá, y la lista puede seguir hasta el infinito. Esas exigencias que aparecen disfrazadas de una búsqueda engrandecedora resultan de lo más desgastantes, es como intentar correr con una bolsa llena de piedras. Pero nada surge sin contexto.
Vivimos en la sociedad del rendimiento1, una época que ensalza el progreso, la eficiencia, el vivir todo más y mejor. Y mostrarlo, claro. Gobierna una exigencia constante de optimización de todos los aspectos de nuestras vidas.
Quizás en la actividad deportiva el filo de las garras de la sociedad del rendimiento se siente más profundo (voy a retomar el tema en otra publicación). En este terreno el desafío es complejo y contraintuitivo al clima de época, aunque también puede resultar más revelador: no todo tiene que ser para algo, una métrica o utilidad, y se pueden agregar elementos que hagan de la competencia una experiencia inmersiva.
Subir el volumen del juego
Hacer algo porque sí, por el mero gozo de hacerlo, suena hoy como un acto de rebeldía. Correr, andar por esos senderos, regalarnos el lujo de un momento en la naturaleza. Encarar actividades como experiencias lúdicas cuando jugar se considera una pérdida de tiempo, porque el juego está liberado del para-algo2.
Aunque la niña que llevo dentro sale a jugar muchas menos veces de las que quisiera… Entonces, ¿cómo invitarnos a jugar?
El juego puede configurarse de muchas maneras:
Imaginar aventuras.
Explorar con curiosidad.
Sorprenderse con lo inesperado.
Cantar.
Probar cosas nuevas.
Moverse con soltura.
Reírse en voz alta (además que si alguien escucha queda una buena anécdota).
Esto es lo que pruebo en las carreras para invitarme a salir a jugar, aunque lo consiga sólo por un ratito. Quizás sumando estos elementos se transforma la competencia: la carrera se vuelve sobre sí misma, el cuerpo que somos conecta con el entorno que habitamos y se articulan acción con contemplación.
Movimiento errático
En esta ocasión fue eso lo que experimenté. Muchas veces son la frustración, el cansancio o pensamientos enroscados los que predominan en un entrenamiento o una carrera. Y acá aparece el pasito a pasito: los momentos o días malos no alejan la meta, sino que constituyen una pequeña parte del recorrido más amplio que permite volver a dar otro paso y probar por otras vías.
Ante el objetivo de disfrutar (o el que sea) los resultados posibles son lograrlo o aprender. Si no sale esta vez, podemos abrazar ese ensayo y volver a intentarlo. Seguir sembrando, probar andando y recolectar los frutos en el camino.
Estas son reflexiones humanas que surgen de la práctica intransferible del movimiento, escritas desde el corazón.
Y a seguirme en Instagram para enterarte cuando publique:
Byung-Chul Han, Vida contemplativa, Taurus, 2da ed., 2023, p. 96.
Ibíd., p. 60.



