Running estoico
Correr para volver a lo que depende de uno
Hace algunos años descubrí dos caminos de ida: el running y el estoicismo. Al día de hoy, se vuelven más profundos y me van sumergiendo, cada uno a su ritmo y con su complejidad.
El running es un desafío y un salvavidas, y resulta exigente porque implica atravesar una y otra vez el umbral de la incomodidad.
El estoicismo es un deporte más complejo de practicar. Nació en Atenas en el siglo III a.C. y me llegó en el siglo XXI de la mano de Epicteto, el esclavo; de Marco Aurelio, el emperador; y de Séneca, la mezcla de claridad y oscuridad que me interpela como las carreras. Dejaron abundantes semillas, que voy recolectando como puedo: muchas brotan y mueren por falta de riego, unas cuantas crecen lento y algunas llegan a dar frutos.
El arte de vivir
“Para mí todas las señales son favorables si así lo quiero, porque, sea cual sea el desenlace, depende de mí sacar un beneficio de ello”. Epicteto, Enquiridión, 18.
El estoicismo es una filosofía de vida que busca sabiduría en la práctica de ciertos valores y modos de obrar. Es en la vida, en la prueba y en el error, que se plantea el camino estoico. Estos filósofos de la antigüedad vivieron en la búsqueda de cuestiones profundas. Se hacían preguntas sobre la naturaleza que nos influye, la felicidad, la libertad, la vida y la muerte, cuestiones tan vigentes hoy como hace dos mil años.
Sus obras a veces suenan chocantes por su manera tajante de decir las cosas y de referirse a otros, en especial a las mujeres. De todos modos, pretender ponerlos en un lugar de ídolos sería un oxímoron, ya que rechazan idolatrar a alguien.
Un aspecto central de esta filosofía es la distinción entre lo que depende de nosotros y lo que no, que resulta fructífero vincular con el running.
Según Epicteto, vivimos rodeados de representaciones. Si bien no niega que exista una realidad fáctica, sostiene que lo que nos perturba no son las cosas sino los juicios que nos formamos sobre lo que sucede. El arte de vivir está en cómo nos tomamos las cosas.
Epicteto llama a ordenar lo que depende de nosotros, y ante los pensamientos y representaciones que aparecen, trabajar sobre el juicio que hacemos de ellos. Aconseja que ante cada representación dolorosa que aparezca, la examinemos y la sometamos a evaluación preguntándonos: ¿esto forma parte de las cosas que dependen de mí? Si la respuesta es negativa, no me incumbe. Y contestar a ese pensamiento: “Eres solo una representación, en absoluto la cosa que representas”.
Se trata de entender nuestra esfera de influencia y tomar las cosas que están fuera de nuestro alcance como lo que son: incontrolables.
La ilusión del control
Según Epicteto, nos rodean dos tipos de cosas: las que están libres de trabas y a nuestro alcance; y las que están llenas de obstáculos y bajo el control de otros. Las primeras son nuestras representaciones: la facultad de hacer juicios de valor, la motivación, los deseos y aversiones y las acciones. Las segundas, lo ajeno, son todo lo que no es una acción propia: la reputación, el estatus, las cosas, incluido el cuerpo y la salud (que aunque nos importan, no dependen enteramente de nosotros).
Para él, que fue esclavo, la esencia del bien y de la libertad reside en el uso correcto de nuestras representaciones. Ser libre significa poner nuestra voluntad en lo que depende de nosotros, desarrollar recursos para gestionarlo, interpretarlo y comprenderlo; y adaptarnos a todo lo demás. Ser libre implica actuar “en armonía con la naturaleza”: considerar que es nuestro sólo lo que es nuestro y ajeno lo que es ajeno.
No podemos controlar lo que aparece, pero sí el juicio que hacemos de ello. Tenemos poder de acción sobre nuestras reacciones y sobre el juicio que hacemos de esas impresiones y pensamientos. Mientras que todo lo ajeno no depende de nosotros. Y son muchas más las cosas que escapan a nuestro control de las que realmente están a nuestro alcance.
Esto me resuena porque me resulta común buscar el control. No me refiero a un control asfixiante al punto de pretender tener todo atado, sino más bien a esa ilusión sutil de querer tener las cosas cerca y a la vista, desear que se ubiquen según mi voluntad, poder anticiparme y tantear antes de dar un paso. Y en las carreras todo eso queda expuesto. La montaña es la evidencia de la naturaleza: aparecen obstáculos en el camino y la imprevisibilidad y la variabilidad son constantes. Pretender tomar el control y sostenerlo es una decepción asegurada.
Felicidad condicionada
El estoicismo plantea que supeditar el bienestar sólo a circunstancias externas nos somete a la infelicidad hasta lograrlas y nos sume en la frustración si no las alcanzamos. Y, si conseguimos la meta, ese momento de dicha se esfuma rápido cuando llega una próxima meta.
En el running, salir a buscar medallas nos sostiene y nos impulsa a crecer. Tener una meta en frente es una fuente constante de motivación. Por eso, las carreras están llenas de objetivos cuya consecución no depende de nosotros, al menos en su mayor parte. Ritmos, resultados, puntos de llegada que probablemente no consigamos aunque pongamos todo de nuestra parte, pueden hacernos sucumbir en el intento.
Como remedio a esto, Epicteto aconseja un ejercicio cotidiano: recordar de qué clase son nuestros objetivos y agregarles algo más. Propone complementar todo planteo que involucre un objetivo externo, por ejemplo “quiero salir a correr”, con algo interno: “quiero salir a correr y además quiero que mi voluntad esté en armonía con la naturaleza”. Así, si no podemos salir a correr por el mal clima, tenemos a mano una respuesta del estilo: “no quería solo salir a correr sino también que mi voluntad esté conforme a la naturaleza, cosa que no voy a conseguir si me enojo con lo que está sucediendo”. Ese componente interno, que puede ser confianza, actitud, cualquier valor que estimemos, queda siempre disponible.
Y creo que ahí está lo valioso de la propuesta de Epicteto: si no se cumple eso externo que estábamos buscando, no frustrarnos por completo, porque además está esto otro interno que también perseguimos.
Creo que esta forma de formular los objetivos no apaga la chispa de la motivación ni diluye el ímpetu de seguir soñando y avanzando hacia objetivos. Más bien suma foco a lo que sí está bajo nuestro control: lo que elegimos nutrir, que es, en última instancia, cómo nos tomamos la vida y en quiénes nos convertimos en el proceso.
Competencia interna
“No es dichoso, quien no cree serlo. ¿Qué importa realmente cuál sea tu situación, si a ti te parece mala?” Séneca, Cartas a Lucilio, 9.21.
En la situación de competencia se disparan pensamientos de todo tipo y puede resultar más una carrera de obstáculos mentales que físicos. En la competición nos ponemos a prueba y aparece el doble filo de la comparación, que puede impulsarnos o apagarnos. Ahí entra en juego el uso que hagamos de nuestras representaciones y cómo valoramos esos pensamientos.
Muchas veces nos servimos de mantras para volver a eje, para retomar la atención cuando la mente se dispersa y decirnos algo distinto aunque se sienta forzado.
En una carrera en que me asaltaron pensamientos críticos, empecé a compararme mucho con las mujeres que me pasaban, con mis contrincantes. Por cada una que me pasaba se disparaba una crítica interna que me hacía sentir más cansada: “Wow, mirá cómo va ella, y mirá cómo vas vos”... Cada una que pasaba traía más dispersión, hasta que tomé el mantra que me vino a mano: “al éxito lo llevo adentro”. Repetirme eso me hizo volver la atención hacia mi carrera, como si toda mi energía se hubiera volcado y con esa frase la pudiera volver a juntar.
Me di cuenta de que esa escena era una muestra de la vida: de lo desmoralizante que puede ser compararse con otros cuando lo usamos para remarcar nuestras falencias, invalidar el esfuerzo, desatender nuestro proceso y que otros nos muevan la vara del éxito. Me repetí que al éxito lo llevo adentro, esta es mi carrera y no la del resto.
Para mí estos son aprendizajes complejos de llevar a la práctica. No siempre logro despegarme de la influencia de las carreras ajenas, pero sé que al menos intentarlo vale por sí mismo. Recordar qué es lo que salgo a buscar, afuera y adentro, es parte de ese trabajo. Si me acerca a lo que quiero cultivar, entonces vale el esfuerzo.
Las cosas en su lugar
Las circunstancias externas, aunque por momentos parezcan constantes y todo esté ordenado en cajas, no dejan de ser pasibles de cambio y que todas las estanterías se desarmen.
Los estoicos invitan a poner las cosas en su lugar y acomodar las cajas bajo una nueva clasificación: un estante con lo que depende de nosotros, con cómo gestionamos internamente lo que sucede. Y otra estantería con cosas externas, que preferimos o no, pero que no podemos decidir.
Nos invitan a poner nuestra energía en la práctica constante de ajustar nuestras representaciones, a nutrir nuestra esfera interna, a aceptar lo que no depende de nosotros y actuar en lo que sí. A encontrar la mejor manera de jugar con las cartas que nos tocan aunque no podamos decidir la partida.
En las montañas de la vida las piedras no están donde prefiero, los senderos no tienen marcada la forma de mis pies, las subidas y bajadas no se empinan a mi gusto, no se trata solo de cimas, el terreno no es parejo, las hojas, las ramas, la tierra, todo se mueve y varía.
Cada uno hace su propia carrera. Vale probar estrategias, caerse y volver a levantarse, porque en esa búsqueda se fortalecen aspectos valiosos. Luchar por alcanzar nuestros sueños y objetivos, desenmascarando la ilusión de tener en nuestras manos lo de afuera y de dominar esferas que se nos escurren de las manos, si es que alguna vez llegamos a atraparlas.
Allá afuera está todo aquello, cambiante, mutable; acá adentro lo que puedo aprender a gestionar. En mis manos está quién me convierto en el camino hacia esos objetivos.
Gracias por leer Pasos y Trazos!
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