Larga distancia
Reflexiones de una corredora (de medias maratones)
Buenas tardes, queridísimos lectores, o corredores, de Pasos y Trazos.
¿Se han topado alguna vez con la frase “la vida es un maratón, no un sprint”?
Quizás sea una frase trillada del universo del running. Aunque no estoy del todo segura si coincido, si tiene que ser uno u otro, quizás es un poco de todo.
Pareciera que hoy vivimos más bajo el foco de los sprints, las carreras de velocidad: explosivas, cortas, lo más rápido posible. En la exacerbación lo fugaz. Este tipo de pruebas se asemejan más a situaciones de decisiones rápidas o momentos puntuales. Nos convertimos en velocistas ante fechas límite o situaciones apremiantes. Pero para encarar el resto de iniciativas —la mayoría de las cosas, ya que la vida no es una urgencia—, es más preciso correr como un maratonista.
Creo que “la vida es un maratón, no un sprint” contiene más que sus palabras, y dice sobre lo que protagonizamos, entrenamos, cambiamos y pensamos en carreras largas. Pero también puede llevarnos a pensar todo en términos de entrenamiento y resultados.
protagonistas.
En las carreras largas, como estamos más tiempo en la cancha, absorbemos más datos para procesar. Eso nos da más tiempo para dialogar y acomodar lo necesario, o para caer en más trampas.
Largan junto a nosotros cientos de personas. Y tenemos a mano un autosabotaje muy fácil: tratar de correr basado en lo que hacen esos desconocidos. No sabemos nada de su vida, su entrenamiento, su trayectoria, sus objetivos, pero de la nada trazamos una comparación lineal con todos, como si la carrera nos equiparara.
Tratar de correr una carrera según lo que hacen los demás es agotador y bastante desconcertante. Nos lleva al plano del cuestionamiento desmoralizante y aparece el ego que dice: ¡¿Cómo me va a pasar este señor?!, y demás sarasas.
Muchos nos van a adelantar, aún como si estuvieran dando un paseo, porque están haciendo su carrera. Y a veces, más que en correr, el esfuerzo está en no perder el foco. Como sea, seguimos al ritmo que podemos, el mejor o el peor, el que se pueda. Al final es nuestra carrera, son nuestros objetivos.
entrenar.
Nadie en su sano juicio se lanza a correr un maratón, ni medio, ni más, sin prepararse. Salvo, quizás, ese tal Filípides, que en el año 490 a.C salió corriendo hacia Atenas para pedir refuerzos de tropas, y logró con eso frenar la invasión persa. Se dice que murió después de dar el mensaje, lo que ayuda a darle más épica a la leyenda del primer maratonista.
Las carreras requieren de un plan, dependiendo del objetivo al que apuntemos. Una mínima estructura de entrenamiento es clave para apuntar a disfrutar de correr decenas de kilómetros. La carrera se prepara practicando y probando: los movimientos, lo que vas a comer ese día, las zapatillas y hasta la ropa que vas a usar.
Las claves están en la paciencia y la confianza en el proceso, que de a poco nos acerca a lo que queramos. Y también en flexibilizar el plan, porque no va a salir exactamente como esperamos. Como todo en la vida. Nos enfermamos, llueve torrencialmente, los imprevistos llegan sin avisar: no somos robots ni dueños del universo. De algún modo nos adaptamos y seguimos andando.
cambiar.
Correr un maratón supone atravesar umbrales de cambio. Para llegar a hacer algo nuevo, tenemos que convertirnos en una nueva versión de nosotros. No me refiero a engañarnos y pretender ser algo que no queremos. Es que para alcanzarlo, aprendemos nuevas habilidades y dejamos bloqueos en el camino.
Cambiamos, y aparecen también nuevos dolores. Correr decenas de kilómetros a la semana para preparar la carrera despierta el cuerpo. Con la práctica se detecta por dónde nos habla, qué nos dice y la atención que demanda.
Con todo el entrenamiento en nuestro haber, en las carreras aparece el dolor, y se avanza con dolor —¿existe alguien que haya corrido alguna vez sin dolor?—. Pero ese dolor no necesariamente se traduce en sufrimiento o padecimiento. Las piernas queman, pero se sigue, se vive el recorrido como un despoje. O como un recordatorio de que el dolor es indisociable de la vida.
Quizás cambia también nuestra percepción y tolerancia a las sensaciones displacenteras. Aparecen en la carrera todas las variantes: molestias, calambres, incomodidad, agitación, hinchazón, y la lista sigue. Podemos releerlas como señales que no son tan urgentes como nos dicen ser.
Creo que es muy complejo, pero no imposible, lograr ese punto en que entendemos cuándo algo es tan serio como para frenar. El 90% de veces son señales del cuerpo que leemos de forma bastante inflada, o son solo pensamientos. Inventé ese porcentaje, basado en los datos que recibo cuando corro y lo que realmente pasa después.
sostener.
En las carreras largas se sostiene el paso, el ritmo, el aguante.
Y sostener, físicamente, no se parece a entrar a una despensa y sacar fiado todo lo que nos quepa en las manos. El cuerpo no fía, no saca cuentas ni toma prestado. No permite acumular en un día todos los entrenamientos que no hice en una semana. Ni tampoco aumentar de un tirón la carga de entrenamiento porque estoy en un momento de emoción —que puede asemejarse a la adicción—. Ni, mucho menos, no dormir por dos días para correr uno. Se trata de ir sumando, gradualmente. Lo que me acerca de 0 a 100 es 1 y no 99.
Y acá hace su entrada triunfal Constancia, una vieja sabia, que requiere más paciencia y presencia que cálculos y cifras. En su bolso lleva el hacer, el probar y el repetir, y lo hilvana en un bucle a la medida de cada uno.
Así como en la escuela no nos enseñaron todas las tablas de multiplicar juntas, ni siquiera una tabla entera de una, sabernos aprendices nos amiga con la progresividad. El tiempo que necesitemos para aprehender toda la información nos va a acercar a esa meta que apuntamos. El tiempo tiene su ritmo, y tenemos todas las de perder si tratamos de competir contra él.
Hay una frase que repite Constancia: sin prisa, pero sin pausa. No quiere decir desatender, sino marchar despacio para llegar lejos, para transitar el camino que elegimos. Ella acumula pasos, toma y descarta cosas en el camino, hace lo que puede, que muchas veces es más de lo que cree.
Mientras andamos, avanzamos. Pero no como en una línea recta diagonal que une puntos en un gráfico en el aire. Los trazos de los avances pueden subir y bajar, dar vueltas y volver a pasar por lugares similares. La experiencia tiene nuestra forma, sea que estemos ante nuestro primer desafío o llevemos miles de kilómetros recorridos.
pensar.
El día de la competencia llega, se entrenó lo que se pudo, es momento de desplegar las alas. El esfuerzo involucrado es de un 10 % del cuerpo y un 90 % de la mente. A ese porcentaje también lo inventé, porque creo que el cerebro es como el músculo líder de los demás, que puede apaciguar las quejas de la patota de músculos o darle vía libre para que nos boicotee. Y esa diferencia también es teórica, porque en síntesis somos uno, un todo —es complejo separar mente/cuerpo, adentro/afuera, yo/contexto, y así al infinito—.
Llega la hora, largamos, miles de piernas hacen su danza, las respiraciones agitadas exhalan una mezcla de emociones. Se forma una energía superior con los cientos de cuerpos que corren a la par, como una peregrinación de fieles que vienen con sus promesas a rezarle a sus santos. Todos los dioses se reúnen a mirarnos.
También acá cambiamos entre fases de conexión y desconexión, por momentos estamos muy conectados con todo, por momentos nos vaciamos y no queda nada, solo las piernas corriendo solas y llevándonos por el mismo camino que el resto. A veces los pensamientos nos elevan, a veces nos abandonan. Como la carrera es larga, cada kilómetro puede ser diferente y no nos determina el que viene.
Hasta que en un momento la carrera termina. Celebramos el logro o el intento. Porque el esfuerzo no asegura ningún resultado.
Y quizás ya tengamos pensado cuál va a ser la próxima carrera, porque ese abismo entre metas puede ser un poco desesperante cuando estamos enchufados. Sea cual sea el paso siguiente, el descanso también es parte, es la pieza que ajusta cada entrenamiento.
Comparar trayectos de la vida con las carreras largas no quiere decir estar todo el día corriendo —eso sería como maratonear series, con prisa y sin pausa, que más bien debería llamarse sprintear series—.
Pensar los proyectos de la vida como un maratón puede embellecer el recorrido, o quizás sumarle a la satisfacción del objetivo los colores del esfuerzo, sudor, crisis, cambios e incomodidad.
Pero es una reducción, de nuevo, de tomar partido por uno u otro. Y el paso por este planeta tiene mucho más que metas y proyectos, que entrenamientos y dolores, que aprendizajes y llegadas.
5, 4, 3, 2, 1, publicar.
Nota de la autora: Todavía no corrí los 42,195 km que completan un maratón, pero voy corriendo medios. Hoy me enteré que esa distancia no es la que separa a las ciudades de Maratón y Atenas, ni la que corrió el del mito, fue acomodada así en los Juegos Olímpicos de 1908, en Londres, para que los corredores terminen cerca del palco de los reyes.



