Correr en voz alta
Lo que escuchamos mientras corremos (parte 2)
Lo más fuerte que escuchamos mientras corremos son nuestras voces internas.
En la entrega pasada, Música para mis latidos, escribí sobre lo que puede aportar la música al correr. Hoy escribo sobre las voces internas que están, con o sin auriculares, y tomo algunas reflexiones de Mariano Sigman en el libro El poder de las palabras1.
Es inevitable escucharnos mientras corremos, somos animales parlantes. En un trote, en un fondo, corriendo solos o con cientos de personas al lado, en todo momento aparecen voces: suenan a monólogos, o más bien a diálogos polifacéticos en los que intervienen varios interlocutores.
En el running estas voces cobran un mayor protagonismo, se trata de una disciplina en la que interviene todo el cuerpo con un elevado componente mental y emocional: sos vos el que tenés que darte aliento y el autobombo que implica decirte cosas lindas para no aflojar.
Estás vos con tus voces
El deporte puede ser el único momento del día en que tenemos un espacio a solas, para desenchufar y airearnos del trajín cotidiano. El mero movimiento activa cosas, hace fluir las ideas distinto a si nos quedáramos quietos, ayuda a descargar la tensión. Pero ahí también están agazapados los pensamientos, listos para salir a decirnos cualquier cosa. El piloto automático a veces nos abstrae de lo que estamos haciendo, y pone en el centro de la escena a nuestras voces.
Esos enunciados mentales están presentes en todo momento aunque no los rotulemos. Algunos simplemente se sienten como verdades, están ahí en el fondo susurrando; otros llegan como disparos que sentencian algo. Pueden ser reveladores: como cuando aparece esa idea espontánea para encarar un tema o cuando nos llega una epifanía, como si una divinidad nos hablara; y también pueden ser dañinos: una crítica cruel que nos pincha el globo de la poca motivación que habíamos juntado ese día.
Quizás ese trote que iba a ser para desconectar y buscar el silencio, se convierte en un tiroteo de frases o en la profundización del drama que queríamos apaciguar. Ahí, mano a mano con uno mismo, el lenguaje se convierte en un arma de doble filo: la palabra construye mundos y también los destruye.
Podemos contarnos cuentos sobre nosotros mismos en todo sentido: convertirnos en nuestro mejor hincha y sacar superpoderes, o ser nuestro propio bravucón que nos tira piedras cuando nos ve hacer algo nuevo o probar algo distinto.
“No te agrandes que vos no das para mucho.”
“Qué mediocre que sos, mirá lo lento que vas.”
“¿Te creés que sos un atleta profesional?”
“Seguro que no podés sostener esto.”
Decir, escuchar y tomar como verdades absolutas ese tipo de enunciados, los vuelve más contundentes y termina condicionándonos, como una profecía autocumplida.
Tener en cuenta que estamos llenos de sesgos, quizás ayude a desconfiar de esos dictámenes rígidos que empiezan con mayúscula y terminan con punto final. Prender la linterna y ver que, por defecto –no en sentido peyorativo, sino como la propia configuración humana–, tenemos pensamientos distorsionados.
Por ejemplo, el sesgo de la confirmación: buscamos sólo evidencia que confirma lo que queremos argumentar. Digo “no puedo” y busco en la caja de recuerdos de momentos en donde no pude, en lugar de ver que al lado está la caja que no rotulé, pero que debería llamarse “todos los momentos que dije no puedo y pude”. La gran mayoría de veces hacemos diagnósticos equivocados, inflados, aproximaciones que pueden afinarse, matizarse o cambiarse por completo.
Nos debemos una buena charla
No queda otra que gestionar: los pensamientos y las emociones nos dan todo el tiempo material para procesar. No podemos elegir lo que nos dicen, pero sí podemos replantearnos qué les contestamos y cómo los (des)atendemos. Los escuchamos, podemos dejarlos que griten solos o invitarlos a charlar un poco.
Sigman propone que la conversación puede permear nuestro cerebro y permitirnos tomar mejores decisiones. No cuenta cualquier formato, solo el de una buena conversación: unos pocos que se escuchan, intercambian argumentos con actitud receptiva, predispuestos a ser convencidos2. Esa práctica –tan antigua como esencial– permite temperar, entender distintos puntos de vista y aliviar la violencia3.
Si me dicen algo unilateral y definitivo, eso no es una conversación. Si se trata de puntos absolutos, extremos, descalificativos, eso tampoco es una conversación. Si no se permite la réplica y se aporta evidencia sólo en un sentido, eso tampoco es una buena conversación. Aplica para las que tenemos con otros, y también con nosotros mismos.
Qué nos dicen las emociones y qué les decimos
Sigman muestra la unión vital entre las palabras y las emociones. Conocer qué vienen a decirnos las emociones y conversar con ellas es fundamental a la hora de ponerte las zapatillas y salir a trotar. Las palabras pueden ayudarnos en los distintos tipos de regulación emocional: distracción, inducción, compasión y resignificación4. Vamos en ese orden.
1) Podemos distraernos de las emociones usando estímulos sensoriales o palabras, para llevar la atención a otra cosa. El tema con este mecanismo es que es impredecible y bastante rudimentario cuando lo queremos evocar para distraernos. Es paradójico, como cuando nos dicen “no pienses en un elefante rosado” y lo primero que hacemos es imaginarlo. Al querer inhibir algo, lo terminamos evocando5.
Con los pensamientos, no es cuestión de ignorarlos y pretender quitarlos de nuestra vista, podemos barrerlos pero en un momento la alfombra no alcanza más para taparlos. Podemos usar la distracción pero no por mucho tiempo, y ¿a qué costo? Los experimentos sociales que menciona Sigman indican que “el costo corporal es muy grande”6.
2) Podemos inducir estados emocionales. En este mecanismo, el circuito más conocido entre sensación y expresión emocional va en una dirección: experimentamos una emoción y después la expresamos (me siento alegre y sonrío). Pero también puede pasar a la inversa: expresarnos para sentir algo.
Se pueden “plantar” emociones usando palabras y gestos, generando un efecto corto pero que puede ser significativo en los desafíos a los que nos exponemos en entrenamientos y competencias. Si bien no hay frases que hagan magia –no existe un abracadabra que nos lleve por un pasadizo fácil y placentero–, decirnos una frase o un mantra que nos dé aliento, un simple “dale, vos podés”, puede acercarnos más al terreno de la confianza y sentirnos más abrazados –o, aunque sea, menos hostigados–.
La dupla perfecta para implantar la alegría y sus derivados es decirnos algo lindo y sonreír. Sigman trae un experimento que realizaron las psicólogas Tara Kraft y Sarah Pressman, que concluye que “contagiarse” con una risa no solo produce una sensación de alegría y nos hace ver las cosas más graciosas, sino que además mejora la respuesta fisiológica al estrés7.
Esta “implantación emocional” es efímera y se desvanece, y si la usamos como único método de regulación emocional hace agua por todos lados. Pero en situaciones de competición, o simplemente en un trotecito en que surgen sensaciones displacenteras, probar estas herramientas puede ser un lindo gesto.
3) Las conversaciones ayudan a tomar mejores decisiones y sentirnos acompañados; acá entramos en el terreno de la compasión, el polo opuesto al juicio crítico.
Puede parecer que decirnos algo matizado o cariñoso perjudica el rendimiento. En un día de entrenamiento que no sale como quiero, si me digo “hoy fue un día difícil, hiciste lo que pudiste” puede sonar a que me bajo la vara o me conformo con poco; pero si me digo “hiciste todo mal, así nunca vas a mejorar” ¿qué me aporta?
Sigman explica no solo que la compasión es más efectiva, sino que la crítica es contraproducente. La compasión es la intención de comprender, resolver y remediar, es amable y tiene una predisposición abierta. Distintas pruebas sociales indican que ser autocompasivos muestra “mejores índices de resiliencia y bienestar psicológico”8.
Además, el libro ilumina algo clave para las conversaciones en el deporte: la distinción entre autocomplacencia y autocompasión. La primera va hacia la adulación y distorsión del juicio; la autocompasión apunta a un juicio más calibrado, a evaluar desde un lugar más ecuánime.
Entonces, ¿cómo buscar ese terreno más neutral? Una forma que plantea el libro para adoptar una mirada más compasiva es bastante simple: ponerle un poco de humor –con usar la misma vocal en una frase, “hicisti tidi mil”, ya toma otra perspectiva–. Otra es hablarnos con amabilidad y generosidad, algo mucho más fácil cuando se trata de otros que cuando lo tenemos que aplicar en nosotros.
¿Le hablaríamos a un amigo como nos hablamos a nosotros mismos? ¿Le diríamos a un compañero lo mismo que nos decimos cuando las cosas no nos salen como las planeamos? La voz compasiva es la que solemos usar con los demás. Lo mismo plantea con respecto al éxito: la perspectiva crítica que solemos usar para considerarnos exitosos es bien distinta a la que aplicamos hacia amigos y afectos. No queremos a los demás según sus “logros” sino según cómo son y cómo nos hacen sentir cuando estamos en su compañía. En síntesis: conversar con nosotros como lo haríamos con otros, convertirnos en nuestros amigos.
4) Podemos usar palabras para describir de forma diferente lo que sentimos y transformarlo en un estímulo vigorizante: esto es la resignificación9. Este mecanismo hace algo similar a la distracción, pero con efectos duraderos y sin acumular estrés10. Barre pero no esconde la basura abajo de la alfombra, la recicla.
Lo que se busca con la resignificación es dar curso a las sensaciones del cuerpo sin interrumpirlas, sentir lo que sea que esté sucediendo, apuntando a cambiar la interpretación que hacemos de ese cuadro, a sumarle más colores a esa pintura.
Las mismas sensaciones pueden tener distintos significados. Te duele la panza, temblás, se aceleran las pulsaciones, transpiras: podés decirte automáticamente que sentís miedo, pero también que sentís entusiasmo, que ese conjunto de sensaciones es la prueba de que estás por vivir algo importante, de que estás a punto de empezar una aventura para la que te preparaste con tanto esfuerzo, de que estás vivo.
La búsqueda
Por último, y no menos importante, vale recordar que no existen recetas mágicas. De hecho, las recetas para alcanzar la “felicidad” –la perfección, LA mejor versión y sus derivados– pueden generar el efecto opuesto.
El filósofo Robert Nozick planteó un dilema, popularizado en las pastillas roja y azul de Matrix: ¿te conectarías a una máquina de experiencias que te garantice el placer perpetuo y la felicidad, a cambio de renunciar a vivir la realidad?
Aunque la respuesta sea negativa, el recorrido de Sigman nos deja algunas ideas si queremos profundizar en una experiencia más colorida:
“temperar el juicio, ser amable con uno mismo, tomar perspectiva, resignificar el “éxito”, no alimentar la vanidad. Conectarse con elementos reales de la experiencia afectiva, con la gente que verdaderamente está cuando la necesitamos, y no, desde luego, con una horda de seguidores de TikTok. Recordar cada tanto que formamos parte de un universo vasto de materia, de galaxias con estrellas de cuyo polvo se forma la vida sintiente: ese es el ejercicio consecuente de quienes preferimos no conectarnos a la máquina de Nozick…”11
Este deporte es una escuelita de vida que te enseña a alentarte, porque nadie va a correr la carrera por vos. Te expone a gestionar la incomodidad, a escucharte en todos los sentidos, te permite reforzar lo necesario avanzando en un espiral donde se suman capas de experiencia. Es una metáfora viviente: cómo corremos en la vida y cómo vivimos en las carreras.
5, 4, 3, 2, 1, publicar.
Nota de la autora: escribo esto porque me identifica, tengo una licenciatura en subir el volumen de la voz crítica, y sé lo que se siente hacerle caso. Creo que ampliar la perspectiva siempre suma.
Mariano Sigman, El poder de las palabras, 18a ed., Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Debate, 2025.
Ibíd., p. 58.
Ibíd., p. 66.
Ibíd., p. 247.
Ibíd., p. 279.
Ibíd., p. 275.
Ibíd., p. 257.
Ibíd., p. 322.
Ibíd., p. 252.
Ibíd., p. 275.
Ibíd., p. 312.



